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    LA MUERTE DEL INDIO SOLARI: EL ORIGEN DE LA MISA RICOTERA

    INDIO SOLARI.
    Esta mañana del 5 de junio de 2026, en su casa del barrio de Parque Leloir, murió Carlos Alberto Solari. Tenía 77 años y llevaba casi una década peleando contra el Parkinson, la enfermedad que lo alejó de los escenarios. El Indio, como lo llamó siempre su legión de seguidores, no era simplemente un cantante. Era el oficiante de una misa.

    La "misa ricotera", como el mundo ricotero bautizó a los recitales de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, no tiene un acta de nacimiento precisa. Nació, más bien, como nacen los mitos: de a poco, en la oscuridad de los pubs y los teatros de La Plata de fines de los setenta y principios de los ochenta, cuando una banda empezaba a formar, no solamente un grupo de fanáticos, sino una comunidad entera. 

    El término "misa" para describir ese ritual no fue un accidente. La palabra hace referencia a una comunión colectiva, de parodia festiva y respetuosa del rito religioso. Los ricoteros tomaron ese concepto y lo trasladaron al rock para hacerlo propio. Los días previos al show, las multitudes llegaban a acampar en las ciudades anfitrionas. La misa no empezaba cuando el Indio pisaba el escenario: empezaba mucho antes.

    El himno del Indio Solari que estará vivo para siempre

    En 1986, los Redondos publicaron Oktubre, su segundo álbum. Entre sus canciones había una que, de a poco, se convirtió en algo más que un tema: se convirtió en el himno. "Ji ji ji", escrita por el Indio Solari y Skay Beilinson, sería elegida en 2002 por Rolling Stone y MTV como la quinta mejor canción del rock argentino de todos los tiempos. Pero en los recitales, su valor no era el de un ranking: era el momento en que todo el campo se ponía a saltar al unísono.

    El ritual creció con la banda. En los noventa, los Redondos dejaron de tocar en Capital Federal y comenzaron a recorrer el interior del país. Ciudad tras ciudad, la misa se reproducía en escalas cada vez más grandes. En 1994, dos shows en el estadio de Huracán convocaron a 80.000 personas. En 1998, en Racing, fueron 90.000.

    Entonces llegó abril de 2000. Los Redondos pisaron por primera vez en su historia el estadio Monumental de River Plate. Dos noches, 15 y 16 de abril, con más de 140.000 ricoteros en total. La cancha de River fue cercada en varias cuadras a la redonda para ordenar el ingreso de la multitud que llegaba desde el Conurbano, del interior del país, y de más allá: todo provocado por la misa ricotera.

    Fue en la segunda noche cuando el Indio pronunció la frase que trascendería el universo ricotero para instalarse en la cultura y en el concepto popular argentino. Antes de "Ji ji ji", parado frente a esa marea humana, dijo: "Vamos a hacer lo que la prensa ha dado en llamar el pogo más grande del mundo". Y ocurrió.

    Los Redonditos se disolvieron en 2001. La misa, sin embargo, no se terminó. El Indio continuó como solista con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y siguió batiendo sus propios récords. En Olavarría, en 2017, su último recital, que fue también el último de su vida, convocó a más de 150.000 personas. "Ji ji ji" siguió siendo el cierre, el himno, el pogo que cerraba la liturgia. Cada vez que sonaban esos primeros acordes, no importaba el año ni el lugar: el ritual era el mismo.

    Desde 2016, el Indio había hecho público que padecía Parkinson. En 2023 confirmó su retiro definitivo de los escenarios. Esta mañana, la enfermedad ganó la última batalla. Pero la misa, esa comunión colectiva que él mismo inventó sin proponérselo, no tiene fecha de defunción.

    Esta noche, en algún bar de alguna ciudad argentina, alguien va a poner "Ji ji ji" y todo el mundo va a saltar. Porque algunas misas no terminan con la muerte de quienes la organizan. El Indio Solari logro lo que no todos los artistas logran: mantenerse vivo para siempre, en los pogos, en las misas y en la historia del rock de un país entero. 

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