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| NINI MARSHALL. |
Ante la viudez, doña Ángela trasladó a la familia desde Caballito a San Telmo. Allí, la niña recibió múltiples apodos: Marinita, Ninita y, finalmente, el que quedaría para la historia: Niní. Ella misma reflexionaría años después sobre esa identidad fragmentada: “La vida parecía reservarme un destino de desdoblamientos. Para mi madre era Niní. Fui la nena para el tío Marcelino, Maruja para mi hermana Blanca, Viducho para Ana y nunca supe por qué mi hermano me llamaba Perico”.
La infancia en el umbral de la ventana
En su nueva casa de San Telmo, Niní descubrió su verdadera vocación sin saberlo. Pasaba horas asomada a la ventana, no para mirar el paisaje, sino para capturar los sonidos. Escuchaba los distintos acentos, las deformaciones del castellano de los vecinos inmigrantes y las cadencias de la calle. Era una niña inquieta que jugaba a las escondidas durante horas, esperando ser buscada.
En la primaria estatal, chocó de frente con el modelo de la época: el de la niña “calladita y modosita”. Niní era autónoma y rebelde por naturaleza; sus morisquetas no eran vistas como talento, sino como una falta de respeto. Su boletín sentenciaba: “Conducta: mala”. Su madre, en un intento por disciplinarla, la inscribió como medio pupila en un colegio de monjas, pero el arte fue más fuerte. A los seis años, tras deslumbrar en una actuación en el Centro Asturiano, su madre comprendió que el camino era la danza y la actuación. Niní volvió a la escuela pública y comenzó a estudiar danzas españolas, donde el zapateo se impuso sobre cualquier intento de sumisión religiosa.
El tropiezo y el renacimiento
Durante la secundaria, su capacidad para imitar a los docentes ya era legendaria. Aunque soñaba con estudiar Filosofía y Letras, en su fiesta de graduación escribió que deseaba ser “domesticóloga”. Ese deseo, quizás impuesto por el mandato social, se cumplió rápido cuando se casó con Felipe Edelman, un ingeniero ruso mucho mayor que ella. Sin embargo, el matrimonio fue un naufragio: Edelman era un jugador compulsivo que consumió los recursos de la familia.
Niní regresó a Buenos Aires derrotada en apariencia, pero con una hija, Ángeles, a quien mantener. Los tiempos eran duros; la cena solía ser apenas un tazón de café con leche. Sin embargo, Niní ya ejercía su magia: convertía esa carencia en un juego, imaginando que estaban en una cabaña nevada rodeadas de lobos. Gracias a un amigo de su abuela, Delfín Ravinovich, consiguió trabajo en la redacción de La novela semanal y luego en Sintonía. Firmando como Mitzi, redactaba la columna Alfilerazos, donde con una pluma afilada e ilustraciones propias, diseccionaba a los cantantes de moda con un humor que ya empezaba a hacer ruido.
El surgimiento de la leyenda
El descubrimiento de su veta cómica la llevó a la radio, el gran medio de masas de la época. Ganó un concurso como cantante internacional bajo el seudónimo de Ivonne D’Arcy, pero su verdadera identidad artística terminaría de sellarse cuando conoció a Marcelo Salcedo, un contador paraguayo que fue el gran amor de su vida. Salcedo le dio la seguridad que le faltaba y, entre ambos, crearon su apellido artístico: tomaron el “Mar” de Marcelo y el “Sal” de Salcedo. Con el agregado de una “l” y una “sh” por parte de la prensa, nació Niní Marshall.
Fue en Radio Nacional donde cobraron vida sus criaturas más icónicas. Cándida Loureiro Ramallada, la gallega de buen corazón, y Catita, la vecina chismosa y pícara. Niní no inventaba estas voces de la nada; las perfeccionaba viajando en tranvía, visitando ferias y recorriendo fábricas. Sus personajes no eran caricaturas crueles, sino espejos queribles donde la sociedad inmigrante se veía reflejada. En un mundo radial dominado por hombres, Niní se plantó: se negó a decir líneas vacías como “la mesa está servida” y exigió escribir sus propios libretos. Su éxito fue tal que, tras cinco minutos en el programa de Canaro, se convirtió en la dueña absoluta del micrófono.
El cine, la censura y el exilio
En 1938, el cine la llamó para protagonizar Mujeres que trabajan. Fue el inicio de una filmografía de 38 películas. Niní era una fuerza creativa total: actuaba, creaba los personajes y pulía cada guion con una obsesión artesanal. “Siempre le di más importancia al texto que a la actuación”, confesaba. Sus criaturas, desde la estudiante delatora Gladys Minerva hasta la aristócrata decadente Mónica Bedoya Hueyo, impusieron términos que se incorporaron al habla popular, como “depre”, “porsu” o “tarúpido”.
“Creo mis personajes observando a la gente, prestando atención a los pequeños defectos que pueden causar risa", contaba Niní Marshall
Pero el éxito trajo consigo la mirada de los autoritarios. En 1943, bajo un gobierno de facto, se le prohibió actuar en radio alegando que sus personajes “deformaban el idioma”. Niní, con una ironía magistral, hizo que Catita muriera en la ficción para resucitar hablando un español purísimo, burlándose de los censores. Sin embargo, la persecución política, sumada a su amistad con Libertad Lamarque y su tensa relación con el entorno de Eva Perón, la empujó al exilio en 1950. Se instaló en México y España, donde repitió sus éxitos cinematográficos y teatrales.
El regreso de la "Cervantas"
Regresó a la Argentina en 1955 y continuó su reinado en el teatro y la televisión. En los años 60 y 70, sus espectáculos de café concert, como Y se nos fue de redepente, se convirtieron en hitos culturales. Fue admirada por intelectuales como Ernesto Sábato y María Elena Walsh, quien la llamó “la Cervantas nuestra”.
Soy nada más que una señora de su casa que se hace la graciosa”, decía.
Su despedida escénica en 1981 fue un acto de dignidad: no quería presenciar su propio funeral artístico. Se retiró a su vida privada, convirtiéndose en la abuela "Mimina", jugando con sus nietos y compartiendo tardes de té con China Zorrilla y Jorge Luz. Falleció el 18 de marzo de 1996, dejando un vacío irreemplazable. Niní Marshall no solo hizo reír; ella dignificó el humor como una herramienta de salvación, recordándonos que, a través de la risa, el mundo puede ser un lugar un poco más amable.

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